La génesis del abuso

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Mariana Castañón.-

Las historias de abuso comienzan en la infancia: entran por los ojos y los oídos de los niños lastimados por padres heridos. Aquella vez que mi expareja y yo nos peleamos a golpes no tiene su raíz en el día que nos dijimos hola, sino en la primera imagen que yo tuve de mi padre violentando a mi madre y los gritos que éste escuchaba de sus padres todas las noches antes de dormir.

La razón por la que yo controlé todos los mensajes recibidos de mi primer novio fue porque las relaciones alrededor mío, las redes sociales y las series me enseñaron que mi pareja me pertenece. También, porque a los 15 años, cuando todavía eres una niña, el concepto de privacidad está muy diluido.

Si mi primer novio me puso el cuerno fue porque durante su crianza y socialización temprana le enseñaron que el impulso sexual masculino es animal, indomable e irremediable. Le enseñaron, también, que perder la oportunidad de involucrarte sexualmente con una mujer es de lentos, o pendejos. Y él no podía arriesgarse a ser uno.

Cuando mi ex me castigaba con silencios, lo hacía porque su padre descalificaba a su mamá de la misma manera. Yo respondía a su frialdad, con la misma desesperación con la que veía llorar a mi madre cuando mi papá la ignoraba.

De mi crianza restrictiva aprendí que cuidar es controlar, restringir, ordenar. Entendí que no era suficientemente fuerte, capaz o valiente para protegerme a mí misma. Que siempre necesitaba a un guardián que velara por mí, figura que tenía licencia para hacer uso de la fuerza cada que lo veía necesario. Pero estaba bien, porque esa era la tarifa intercambiada por las energías gastadas.

Por esa resistencia necia que sostuvieron sus padres frente al divorcio, a pesar de la violencia, otra de mis exparejas aprendió a no soltar la relación aunque te esté lastimando. Los mitos románticos no ayudaron tampoco. Las películas, los poemas y las canciones le repitieron hasta el cansancio que el amor no se abandona, que todo lo puede, que no hay imposibles.

El papá de mi amiga cayó en depresión al perder su trabajo porque toda su vida le repitieron que su valor como hombre dependía de su papel de proveedor a la familia. Su mamá no supo cómo ayudarlo porque ella también estaba esperando que cumpliera con aquello que los cuentos sobre el matrimonio le prometieron.

Por todas esas veces que mi padre lloró cuando niño y lo molestaron diciéndole que “eso era de niñas”, él aprendió que la vulnerabilidad es defecto, desconectándose así de su tristeza y extornándola sólo a partir del enojo. La ira, siempre válida, siempre de machos, de fuertes, de grandes.

Las revistas de mujeres me enseñaron que lo más importante en el sexo era el placer masculino. Los amigos machistas de mi ex le enseñaron que el valor de las mujeres y de los noviazgos residía en el sexo que ella podía ofrecer. Juntas esas dos nociones, propiciaron que yo fuera incapaz de negar la relación sexual cuando él la deseaba y yo no.

De mi madre, mis amigas y el cine, aprendí que mi arma contra la violencia era la manipulación y el llanto. Aprendí que la única forma de parar el abuso era gritando más fuerte, chantajeando con más lágrimas. Cada vez que mi exnovio paraba de pelear porque yo entraba en crisis, recogía ese recurso para utilizarlo cuando sentía que estaba perdiendo.

Una madre abnegada, servil y elástica, le enseñó a mi ex novio que el rol de su pareja es consentir, vivir para él, dedicar todos sus esfuerzos al bienestar de la relación. La socialización femenina a la que yo estuve sometida, orientada a la búsqueda y retención del amor romántico, influyó en que yo le comprara el cuento que mi único deber estaba con él.

La importancia de la reputación social me llevó a cargar vergonzosamente con mi nombre, que me hacía sentir indeseable e indigna. Cuando mi ex pareja me eligió, creí que me estaba haciendo un favor al estar conmigo. Las malas lenguas provocaron que él sintiera lo mismo. Así fue como comenzó una dinámica en donde diariamente tenía que probar mi valía frente a sus constantes evaluaciones.

Conocí un chico que abusó de todas sus parejas. Las manipuló, quebró y dominó completamente. Nunca recibió castigo. La gente seguía prefiriendo ver su lado juguetón y amable, porque era más cómodo que marcar distancia con el violentador. Él aprendió que siempre se podía salir con la suya y hasta la fecha, lo sigue haciendo.

De la observación, los hombres aprendieron que las mujeres estaban susceptibles cuando tomaban en exceso. De la educación, aprendieron a sacarle ventaja al evento. A nosotras nos enseñaron que los hombres siempre van a ser hombres; que si no estamos todo el tiempo atentas a su abuso, es nuestra culpa; que no debemos ponernos en situaciones de peligro. Naturalmente, las veces que abusaron sexualmente de nosotras durante las fiestas, permanecimos silentes.

El modelo relacional. La dinámica familiar. La diferenciación social. Los profesores. Los amigos. El entretenimiento. Las parejas. Así empezó nuestra historia de abuso.