El sindicato petrolero y sus mafias de poder

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Fernando Acuña Piñeiro.-

Corría el verano de 1989 en Tamaulipas. La clase política del estado aún no digería del todo los sucesos del Quinazo (el arresto del líder sindical petrolero, Joaquín Hernández Galicia, La Quina, ocurrido en enero de ese mismo año), cuando los reporteros que cubríamos la fuente en la Capital del estado seríamos testigos de un evento que jamás se borrará de nuestra memoria.

Eran aproximadamente las diez de la mañana, en el recinto del Centro Cultural “Amalia González Caballero de Castillo Ledón”. Desde un día anterior habían hablado a las oficinas de los periódicos locales, para que uno de sus reporteros cubriese aquella reunión y rueda de prensa, que por sí sola constituía una interesante noticia.

Resulta que ese día estaría en la Capital del estado el nuevo dirigente del sindicato petrolero, Sebastián Guzmán Cabrera, designado por el gobierno salinista para que ocupase el cargo del defenestrado líder Hernández Galicia, y de su dirigente formal, el llamado “Campeón de la Amistad”, Salvador Barragán Camacho.

Joaquín y Chava fueron devorados de una tarascada por el mismo sistema priista que los había creado, considerándolos, hasta el momento de su derrumbe, un mal necesario.

Años atrás, los periodistas victorenses habíamos entrevistado en más de una ocasión al cacique Hernández Galicia, y sufrido en carne propia sus reacciones iracundas cuando llegábamos a formularle preguntas incómodas, como aquellas sobre el presunto contratismo del sindicato con las obras de PEMEX y cosas por el estilo.

— ¡A mí no me anden preguntando esas pendejadas!, nos dijo una vez, en un evento donde se ponía la primera piedra del área oncológica del Hospital Infantil.

Esa vez La Quina andaba de buen humor, pero una pregunta picuda sobre la corrupción sindical rompió el hechizo y ya no quiso hablar. Como era de esperarse, sus guardaespaldas nos espetaron en un tono no muy amigable, algo así como:

—Aléjense, ya no molesten al señor.

A la Quina lo que le gustaba era que uno le preguntara sobre las granjas de alimentos y demás acciones que buscaban crear la aureola de un generoso paternalismo sindical. Aunque atrás de esa imagen se escondía la de un oscuro personaje de horca y cuchillo, que solía repartir castigos y favores, a la clásica usanza de los poderosos capos sicilianos.

Ese era Hernández Galicia, de carne y hueso. Pero… ¿quién era Sebastián Guzmán Cabrera…? Pronto lo conoceríamos:

Ya desde el arribo del nuevo líder y de su séquito al Castillo Ledón los visitantes exhibieron notorio alarde de fuerza, expresado en un excesivo aparato de seguridad. Aquello no parecía una dirigencia de la clase obrera mexicana, al estilo del ferrocarrilero Demetrio Vallejo, a finales de los cincuenta, sino, una copia fidedigna del viejo Chicago en los años treinta. Ciertamente que ya no eran los sombreros Borsalino ni los Cadillac al estilo Capone

Era la mafia del sindicato más acaudalado. El gremio petrolero.

Expresiones de un proceso gremial que había evolucionado en su descomposición hacia un gangsterismo sindical, empoderado desde la parte más alta de Estado mexicano.

A las 10:30 de la mañana apareció en escena aquel líder emergente del STPRM, sacado de las filas jubiladas por el presidente Salinas. De tez morena, camisa de manga corta. Apenas empezaba su presentación ante los medios cuando sorpresivamente se fue la luz. Todo quedó en la semipenumbra.

Y fue entonces cuando los reporteros pudimos ver que un grupo de pistoleros empuñaban sus metralletas y peinaban con la mirada hacia todos lados. Aquello superó las escenas de Al Pacino en la cinta Cara Cortada.

Poco después, en 1993, llegaría un Corleone que resultó ser más hábil que sus antecesores: Carlos Romero Deschamps. De modesto chofer de la Quina escaló hacia la máxima cumbre del poder y los privilegios. Lustros atrás, empezó como eventual en la refinería de Salamanca. Hoy se especula que llegó a amasar una fortuna cercana a los cien mil millones de pesos.

Lujos que se le conocen: una casa en Cancún por 18.7 millones de pesos. Propiedades en exclusivos clubes de Miami valuadas en 110.8 millones. Joyas y relojes marca Aude Piquet, y un excéntrico gusto por los yates de lujo, para él y para sus hijos.

Este martes 16 de marzo, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que Romero Deschamps queda fuera del sindicato petrolero. Renunció, y con ello se da vuelta a la última página de un imperio marcado por la ambición, el enriquecimiento desmedido; el uso y abuso del poder sindical.

Pero… ¿Qué otro “Frankenstein” del petróleo podría estarse cocinando?

Esperemos que en los tiempos de la 4T haya una verdadera reconversión política y moral en el sindicato más poderoso del país.

Al menos, esa es la apuesta.