Objetividad y subjetividad

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María José Zorrilla.-

Desde la pandemia suelo caminar por las noches en los jardines del condominio donde estoy viviendo con mi mamá en Vallarta. Un espacio relativamente amplio y amable para estar dentro de la ciudad. Los jardines circundan la alberca y doce elevadas palmeras se mantienen como guardianes del conjunto en perfecto equilibrio con la distribución de arbustos, setos, palmas de otra variedad, pasillos, palapa, área de servicio y las dos albercas, la de niños y la de adultos. Las buganvilias recorren los andadores en una suerte de protección por ambos costados, lo que da una sensación muy amable transitar en ellos. Un día el espacio se transformó completamente con la simple poda, un poco exagerada a mi parecer, de las palmeras que lucían su fronda exuberante y armonizaban con todo el paisaje del conjunto residencial. El lugar asemejaba más un páramo semi desértico, a pesar del verdor del resto del paisaje de las áreas comunes.

Cada noche quería encontrar la belleza ante esa nueva visión de una palmeras deslucidas, desgarbadas, zanconas, que días antes parecían lucir sus mejores galas. Acaso es posible que un corte de esa magnitud pueda ser tan determinante en el equilibrio y belleza del lugar. Un corte de pelo puede ser trascendental en cómo luce una persona. Lo vemos en las transformaciones usuales entre artistas, deportistas y ahora también de los políticos del antes y después de convertirse en adinerados personajes. Pero en ellos, no sólo es el corte, también hay arreglos de otro tipo estético donde intervienen factores diversos como cirugías, inyecciones, tratamientos, masajes, ejercicio y botox. En el caso de las palmeras, era un simple corte y en algún momento su follaje volvería a recuperarse; como dijera Ricardo un conocido chofer de Victoria en mi infancia, “Pelo bien cortado o pelo mal cortado a los quince días queda emparejado”. Durante mis caminatas cuando el cielo despliega limpieza absoluta, la luna y las estrellas se han convertido en mis fieles compañeras. Mayor es el placer cuando hay ausencia de ruido humano, la naturaleza hace sentir su presencia a pesar de su limitada geografía en un jardín urbano, la oscuridad se hace más intensa y los pensamientos más densos.

Hace un par de días cuando fue luna llena, me asaltó por sorpresa el tema de la objetividad y la subjetividad. Hasta dónde podría decir que la palmera es una planta bella o no. Definitivamente fue la intervención de la mano del hombre la que modificó su estatus, le dio otro sentido estético a la docena de palmas del condominio que dejaron de ser armónicas entre su estípite y su fronda. Objetivamente fueron bellas, pero ahora no lucían igual. Por el momento perdieron esa cualidad. La objetividad es la expresión de la realidad tal cual es. Está desligada de sentimientos y de la afinidad que una persona pueda tener respecto a otro individuo, objeto, lugar o situación.  Lo que antes fue de una manera, por más afinidad que tuvimos hacia esa persona o situación, al momento puede ya no ser igual. En pleno arranque de campañas políticas en el país, donde se definirá el futuro de ciudades, regiones, controversias, leyes y reformas, el tema de la subjetividad y la objetividad adquiere una gran relevancia. Hasta donde es verdad lo que se dice de un estilo u otro de gobernar. Hasta dónde llega la realidad de una política como la que ha emprendido AMLO y hasta dónde el temor de quienes lo denostan. En redes sociales circulan todo tipo de memes, datos e información sobre los desatinos de la política actual, pero también hay muchos datos que se exageran, se adecuan a los intereses de unos y otros grupos o los que tratan de proteger al Peje, acusando a los detractores de querer robar o beneficiarse de las corruptelas de los anteriores. Los que creen estar mejor informados pueden estar bastante desinformados por esa parcialidad que nos obnubila a todos. De allí la importancia de los contrapesos en la política, en los negocios, en la familia, en la salud, para mantener un equilibrio entre los pros y contras de cualquier razonamiento y llegar a la toma de decisiones lo más distante de un capricho, una corazonada, una obsesión y optar por lo que es mejor para uno o para la mayoría. El equilibrio es fundamental en todos los aspectos de la vida y fácil es perder piso. El hombre tiende a ensoberbecer ante la grandiosidad y como dijera Lord Acton, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. “Las luces de la verdad -sentenció Sor Juana, no se oscurecen con gritos, que su eco, sabe valiente sobresalir del ruido”.  En el ínterin de ese descubrimiento por alcanzar la verdad, el entorno se puede oscurecer repentinamente. La mano del hombre, la visión del analista, las promesas de los políticos y el sentir de los ciudadanos dificultan acceder a la verdad única. Un corte abrupto como las palmeras donde vivo también puede modificar el rumbo de las cosas. La realidad, siempre es compleja.  “Vivimos en un mundo complejo plagado de colores”, asegura Jorge Zepeda Patterson; “Todos perdemos cuando políticos y periodistas ven exclusivamente imágenes en blanco y negro”.

Sobre mis cavilaciones puedo apoyar mi apreciación de que la palmera es un bello ejemplar de la flora terrestre, pero puede perder su belleza a pesar de estar considerada como el segundo grupo vegetal en importancia económica del mundo con sus más de dos mil 600 especies por sus apreciados frutos como dátiles, palmitos y cocos o por sus cualidades netamente ornamentales. Objetivamente qué podríamos decir de nuestros candidatos y nuestros partidos políticos. Allí está la gran tarea del mexicano, porque el seis de junio es la fecha de nuestro presente político más inmediato y tal vez de nuestra inexorable realidad futura.