Reubicar la escuela

0
38
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Mariana Castañón.-

La pandemia ha evidenciado todo lo que estaba mal con el sistema educativo: la falta de estructura, los abusos de autoridad, todo lo que pasa a puerta cerrada en los salones y la falta de consideración que existe por parte de los profesores y el sistema a los problemas humanos que atraviesan a sus alumnos.

Hace dos años, múltiples mujeres acusaron a un profesor en mi facultad de acoso sexual. En aquel entonces, el subdirector académico era mi maestro y abordamos el tema en clase. Apenado y todo, no lograba “romper el pacto”. Necesitaba pruebas más contundentes, porque, al parecer, que más de un salón entero presentara quejas formales frente al comité de ética de la universidad, no era suficiente para despedirlo. Necesitaban, los alumnos, llevarlo a corte para poder hacer algo.

Falta de pruebas, decían.

Ahora, que nuestras interacciones queden grabadas en el marco de las redes web nos presenta nuevas oportunidades. Ejemplo claro de esto lo encontramos con el profesor de la UP haciendo preguntas “justas, equitativas y constitucionales” a sus alumnos en el paro nacional que se dio en el 8M, que después de la viralización de sus comentarios machistas, se vio forzado a perder su trabajo como docente en la universidad.

Esto representa una nueva oportunidad para el alumnado. La escuela es una institución y entrar en esa institución significa seguir un reglamento y ciertas normas de convivencia que se eligen unilateralmente. Más allá del papel, más allá de los valores de la escuela, existe una dinámica que marca las pautas del ser dentro de la escuela, dentro de los espacios físicos de la institución. Hay profesores abusivos que se respetan a pesar de sus groserías, sólo porque tienen muchos años trabajando. El alumnado lo sabe, los directivos lo saben, así como sus colegas, pero nadie hace nada.

Ese tipo de profesor es sólo uno. También están aquellos que no se esfuerzan en absoluto, que no tenemos ni idea de cómo obtuvieron ese trabajo, aquellos que no tienen un gramo de empatía con sus alumnos, que son inflexibles no por disciplina sino como un ejercicio de poder, o los que sexualizan y acosan a sus alumnas. Todo, dentro de un marco de tolerancia a regañadientes porque las autoridades a las cuales nos toca acudir están obtusas frente a estas problemáticas o de plano protegiendo en todo momento a su personal, antes que a sus alumnos.

Las clases en línea descentralizaron la escuela.

Esas dinámicas nefastas salieron a las calles, se presentaron en un ambiente público, en donde podemos señalar y evidenciar abiertamente todo aquello que es intolerable. El poder, de alguna manera, se debilitó al salir de las aulas, al coexistir en un ambiente público, que no permite el ocultamiento de las malas praxis. Y dio paso a políticas más exigentes, más humanas y consideradas con las vivencias del alumnado.

En esta revolución incidental, sin líder, sin agenda, no sirve sólo para linchar autoridades abusivas, sino para dar paso a una nueva relación profesorado-alumnado que sea más empática, más consciente de las realidades de cada uno y más flexible y propositiva con las formas en las que se necesita llevar a cabo el proceso de aprendizaje.

Las clases en línea propiciaron un ejercicio de traer a los profesores a casa, con todo lo que eso implica. Con el lenguaje propio y desenfadado del hogar, los disfraces de profesionalidad colgados en el clóset, guardados desde hace un año. Nos dieron un espacio para que se encontraran ambos mundos, para humanizarnos, revalorar nuestras exigencias, considerar nuestras emociones y las cargas que todos tenemos producto de la vida misma y de la vida en pandemia.

La epidemia de problemas mentales que nos dejó el COVID, los problemas económicos relacionados al paro laboral, las pérdidas humanas y las enfermedades, nos dieron perspectiva para ser y estar en la escuela. La salud, mental y física, así como la situación económica, el acceso a los recursos y el abuso se posicionaron, para variar, en los lugares de primera necesidad en los que debieron de haber estado desde el principio. Un ensayo entregado a tiempo y las normas APA dejaron de parecer lo más importante en el mundo.

He tenido la suerte, quizás por el carácter humanista de mi facultad, de experimentar de primera mano este fenómeno en donde los profesores se volvieron realmente considerados. El “ser aplicado”, “profesional”, “buen alumno” se ha resignificado. Ya no me encuentro, como antes, preocupada por inventar trágicas excusas que expliquen porqué no pude entregar la tarea. Y vaya que no soy una alumna desentendida de la escuela, adoro aprender, adoro educarme, pero maldita sea, a veces ni el déficit de atención ni la depresión me dan para más que un trabajo extemporáneo.

Hoy los profesores, algunos profesores, lo entienden. Y lo agradezco. Agradezco que estemos encontrando nuevos significados para lo que significa pasar el curso. Que haya alumnos que prenden sus cámaras por pura empatía de no dejar a sus profesores hablando con cuadros negros. Las encuestas, las preguntas acerca de cómo estamos de trabajo, de qué forma aprendemos mejor, cuánto tiempo necesitamos para las tareas. Agradezco que los profesores se sientan con la suficiente confianza de compartirnos lo cansados que se sienten.

Y espero, de verdad espero, que estas nuevas dinámicas no se las lleven las vacunas.