Llévame contigo y me porto bien

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Ambrocio López Gutiérrez

Nació aparentemente sano como la mayoría de sus hermanos pero con los años tuvo algunas complicaciones que le alteraron la salud y tuvo que someterse a largos tratamientos que le hicieron la vida más llevadera. Sus padres tenían razones sobradas para mimarlo ya que era el más pequeño porque mis tíos Carmela y Modesto antes habían tenido a Irma, Efraín, Modesto, Edilverto, Lourdes, Juan e Israel a los que se agregaron Olivia, Juana, Patricio y Javier, más otros primos que, de manera temporal, se asistían en la vieja casa arbolada de El Naranjo, San Luis Potosí.

Cuando era preadolescente, mi primo Alejandro recayó en un dolor permanente en los riñones y tuvo que ir muchas veces al consultorio del Seguro Social ya sea para que lo revisaran o le dieran medicamentos que sólo le mitigaban parcialmente el mal. Sus padres andaban desesperados y acudieron a las alternativas naturistas pero el chico seguía quejándose o de mal humor lo cual les alarmaba porque, cuando su salud era buena, parecía una castañuela por lo bromista y lo risueño. Como casi todos los que nacieron con síndrome de Down, Alex se distinguía en la familia ampliada por su bondad, generosidad y ganas inmensas de vivir.

Probablemente su amor a la vida hizo que una tarde le pidiera a su mamá que le confeccionara un traje de danzante porque en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima estaban invitando a los muchachos del pueblo a que se integraran a un grupo numeroso para bailarle a la Virgen de Guadalupe. Mi tía Carmela se sorprendió porque en esa temporada ellos asistían a otro templo, sin embargo, cuando Alex le dijo que creía firmemente en que participando podría evitar que lo operaran de los riñones, quedó impresionada por la fe que demostraba su hijo y puso manos a la obra en su máquina Singer. Total, nada se perdía porque hiciera un poco de ejercicio.

Alejandro bailó con energía durante muchas horas con los danzantes del pueblo en el patio de la iglesia de Fátima y llegó a su casa ya de noche, feliz, sonriente, satisfecho; muy cansado pero sin dolor de riñones. Un fin de semana que visité a mis tíos, la misma madre de Alejandro me contó que, desde el día de la danza maratónica en la iglesia, su hijo les contaba a todos los familiares y conocidos que la Virgen de Guadalupe le había hecho el milagro y le había borrado su enfermedad. Llorando mi tía Carmela sostenía que su muchacho había demostrado que la fe funciona.

Cada vez que yo iba a El Naranjo procuraba despedirme de la familia cuando Alex no estuviera presente porque siempre quería viajar conmigo a Ciudad Victoria. A pesar de la discreción, varias veces no pudimos evitar que nos sorprendiera saliendo él de la casa con una pequeña maleta con algo de ropa y, con su eterna sonrisa me decía: me quiero ir contigo unos días; llévame primo y te prometo que me voy a portar bien. Mis tíos y yo usábamos nuestros mejores argumentos para convencerlo de que se quedara en casa donde ejercía como ángel de la guarda de sus padres y hermanos.

Abracé por última vez a mi primo Alex hace más de un año, antes de la pandemia, pero hace días su generoso corazón dejó de latir en un hospital de Ciudad Valles donde ingresó a las estadísticas del COVID. Por las razones conocidas no pude ir a despedirlo y creo que fue lo mejor porque, como cuando era niño, me hubiera dicho que lo trajera conmigo, aunque en las circunstancias actuales, quizá, me habría llevado con él.

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