Pequeños detalles y grandes hallazgos

0
38
Tiempo aproximado de lectura: 4 minutos

María José Zorrilla.-

Del tema del coronavirus pasaremos al de las campañas. Seremos testigos de los dimes y diretes entre candidatos, partidos y una lucha encarnizada sin importar agravios, mentiras, infundios, patrañas y a lo que hubiere lugar, para ganarse la voluntad de la gente. El tema de las promesas se mantiene en un casillero aparte. Si tan solo se hubiera cumplido el 20 por ciento de lo que se ha prometido México sería un país próspero, con bastantes menos problemas de los que hoy día enfrentamos. Para quienes nos mantendremos como espectadores del gran teatro que se desplegará en los próximos meses y resguardados hasta que el asunto de la pandemia mengüe y las vacunas alcancen a la mayoría de los mexicanos, tendremos tiempo de analizar cuidadosamente las propuestas para ejercer un voto razonado, y mientras tanto seguir disfrutando de las pequeñas cosas que en otros tiempos pasarían desapercibidas. Chesterton dijo que si una ola gigante nos lanzara a una isla desierta “daríamos todo su valor a esas cosas que hoy, en la abundancia desdeñamos: un cuchillo, un hacha, lo que casualmente logremos rescatar entre los despojos del naufragio”. Al respecto, Alfonso Reyes, quien escribe sobre este gran ensayista inglés, asevera que “el hombre no descubre el mundo de una vez para siempre, sino a través de renovadas sorpresas”, y como dice el proverbio “Nadie sabe el bien perdido, hasta no haberlo perdido”. En estos 13 meses de semiencierro pandémico, mis encuentros con los vecinos del condominio, antes algo casual y sin mayor importancia, se han convertido en un pequeño agasajo, aunque sea un breve hola, o un buenas tardes o buenas noches. Así hemos generado lazos más amigables con quienes compartimos el mismo edificio y también, estrechado nexos con un miembro del árbol genealógico de la familia de mi madre: un primo en tercer grado con el que no teníamos ningún trato antes de la pandemia, y que de otra manera habría pasado como uno más de los condóminos con los que coincidíamos en las escaleras o en el estacionamiento. Para sorpresa mía y de mi madre, ayer, Domingo de Pascua, los primos, como los denominamos, nos trajeron unos huevos cocidos ya pintados por ellos y un pedazo de torta, para compartir y practicar la tradición según los habitantes de Letonia, país de origen de la prima política. Además de hacer una hermosa canasta con tres docenas de huevos y una rica tarta que nos compartieron, jugamos a tomar un huevo con la mano en la parte superior y chocarlo con el de la otra persona, para ver cuál huevo resiste más. La tradición dicta que luego se hace con la parte de abajo del huevo. Emily, la sobrina de escasos 12 años, era la más entusiasmada, aunque para su desencanto no podía ganarme después de un par de intentos, hasta que tomó su huevo predilecto, un hermoso objeto que más bien parecía una pieza decorativa, revestida con polvo de oro muy parecida al diseño de un huevo Fabergé, y logró romper mi cascarón. Fueron momentos muy lindos y emotivos, que nos hicieron recordar cuán inexplorados son los sentimientos, porque a partir de ese momento los lazos que iniciaron hace más de cuatro generaciones y se habían diseminado por el paso del tiempo, se estrecharon con ese choque de los huevos de pascua. Efectivamente, en estos más de 380 días en que la vida nos ha cambiado radicalmente, aún para los que han tratado de seguir su vida de manera más rutinaria y sin practicar el confinamiento, muchos hemos empezado a tener más cuidado en observar, en sentir, en apreciar cosas y momentos que de otra manera no tomaríamos ni en cuenta. Hemos reconectado con antiguos cariños y amistades. Hemos también encontrado que pequeños hallazgos satisfacen nuestra curiosidad. Jamás hubiera imaginado a esta edad, que seguir por varios minutos el peregrinar de las legiones de hormigas sería algo de mi interés. Las vemos cargar pedazos de hojas que rebasan hasta 50 veces el peso de su diminuto tamaño. Trabajan con gran coordinación y orden y en el internet descubrí cosas muy interesantes. Han ido evolucionando a lo largo de sus más de 130 millones de años de existencia y tienen el nivel más alto de organización social, caracterizado por la división del trabajo, la comunicación entre individuos producidos por vibración, percusión, fricción, contracción y relajación. Lo más sorprendente es su capacidad para resolver problemas complejos. Paralelismos con las sociedades humanas que han sido durante mucho tiempo fuente de inspiración y objeto de numerosos estudios. Lástima que muchas veces, en países como el nuestro, la vida científica esté tan alejada de la vida política. Las decisiones no siempre se toman con un estricto sentido del bien común, sino con una orientación más bien política. El dinero rápido impera sobre todas las cosas y el cemento sembrado sin ton ni son, se impone sobre la preservación del medio ambiente. Con más organización y cuidado tendríamos economías más sustentables que redituarían mucho más a mediano plazo. Lamentablemente, la capacidad de observar con detenimiento y minuciosidad no es cualidad imperante en la mayoría de nuestros representantes populares. La parte humana está muy despegada de la parte burocrática. En lo que sí nos parecemos a la hormiga es que hemos cargado hasta más de 50 veces al país a lo largo de la historia, a pesar de los políticos y de nosotros mismos. Por hoy mejor regreso a preservar el lindo recuerdo del domingo que pasamos con los primos y sus huevos de pascua, conociendo un poco más sobre Letonia y comentando anécdotas y remembranzas de nuestra familia común. Algo tan sencillo nos llenó de momentos amables y diferentes a lo cotidiano, porque de covid hemos llegado al hartazgo y de campañas tendremos largos y tediosos meses de promesas, discursos, ofrecimientos de “ahora sí viene el cambio”. Ojalá hayamos aprendido algo de estos duros meses como sociedad y surjan verdaderos líderes con capacidad de resolver la compleja situación por la que atraviesa la región, el país y el mundo entero.