La madre Pilar

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Nelly Ramírez

La mayoría de las veces, el amor llega de manera inesperada.

Hay ocasiones que se busca y se encuentra una compañía, pero no el amor.

Pero hay otras veces en que sin buscarlo llega y se queda, o bien, llega y lo dejas ir, pero siempre va a estar, al menos en la mente de esa persona.

Estudié en un colegio de monjas. A esa edad apenas comenzaba a comprender la inexistencia de un ser todopoderoso, no entendía que hubiera alguien así en este mundo, pero las maestras nos lo decían todos los días. Quizás por eso, y por la rebeldía en mí, traté de que eso no se me metiera en la cabeza.

Y sucedió.

Terminé no creyendo en ese ser divino.

Pero en mi mente retumbará siempre una frase que me dijo la hermana Pilar, que era la Madre Superiora de esa escuela: “El amor es un sentimiento de la voluntad”.

Y sí. Es de voluntad.

Pero vayamos con esta historia en la que se describe perfectamente esa frase del amor y la voluntad.

Nos conocimos a muy temprana edad. Apenas cursábamos la secundaria y nos enamoramos. A los 14 años se es aún una niña. Si bien fue un amor de lejos, fue sincero, puro, atento y de mucho cariño. Bonito.

Así estuvimos durante tres años. Tres maravillosos años.

Luego decidimos darnos la oportunidad de explorar, de vivir, de conocer más. Si bien, ese noviazgo no terminó, se dio una pausa.

Aún así nos seguíamos tratando. Platicando, viéndonos de vez en cuando. Tuvimos nuestra primera experiencia, tanto para él como para mí, más allá del amor de juventud o de adolescencia. Yo no me hubiera atrevido a tenerla más que con él.

Lo intentamos otra vez. Y se dio.

Fueron momentos de compatibilidad, de alegría, de cariño… y sí, también de amor. De mucho amor.

Pasó tiempo.

Nuestros caminos tomaron otro rumbo. Lo académico y lo laboral pesó más, o al menos, la idea de irse a forjar. Pero el amor permaneció.

Después nos volvimos a encontrar y vivimos nuevamente el amor. Quizás fue la época más bonita de esa relación. Viajes, paseos, diversión, cariño, pláticas interminables, planes, y una compañía más placentera y mucho amor.

Una vez más el destino se interpuso y nos desvió por caminos diferentes, pero siempre estaba en mi mente, y yo en la de él, estoy segura.

Finalmente la relación de pareja no se dio. Por la voluntad o por la falta de ella.

Un día me llamó para decirme que se iba de la ciudad, con su novia. Yo fui incapaz de decirle que se quedara. A pesar de que así lo deseaba, pero no lo dije, no hubo voluntad. Él tampoco se atrevió a decirme que si yo de lo pedía se quedaba. No hubo voluntad.

Se casó. Me casé. Nuestro amor no se dio.

Antes de eso pactamos que algún día íbamos a estar juntos. Aún no sucede, y no sé si sucederá.

Tiempo después platicamos y recordamos aquella tarde de despedida y nos confesamos que si en esa ocasión hubiera habido voluntad, si lo hubiéramos hablado, hoy estaríamos juntos. Ni hablar. El hubiera no existe.

El asunto es que como dijo la madre Pilar: “El amor es un sentimiento de voluntad” y si no la tienes, el destino será muy diferente.

Y en muchas ocasiones, terminas arrepintiéndote por no tener la voluntad y perder a quien posiblemente sea el amor de tu vida, o al revés, confundirlo con cualquier otra relación, que al final resulte contraproducente.