La muerte vendrá de enfrente (I)

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Eduardo Narváez López

–¿Cómo fue, cómo estuvo? Cuéntame –ansioso de saber, pregunta Matías a Emanuel.

–Yo salía de aquí, de la tienda cuando vi que iba corriendo el hoy difunto y tras él su asesino, quien le gritaba: “¡Párate, hazme frente, no quiero dispararte a la espalda! No quiero que luego digan que te maté a traición. Ya iba volteando en la esquina, cuando  se oyeron dos balazos, uno de ellos pegó en la sien del que huía; pero… tú vienes de verlo, estabas entre el grupito que contemplaba al mues mi primo, pero no cuándo le dispararon, ni quién lo hizo. “Tú lo viste, dime quién es. Quiero saber a quién me tendré que enfrentar para cobrar venganza.” –casi le exige Matías.

–Los vi de espaldas, Matías, cuando iban uno tras el otro, no sé más, ni siquiera fui a ver a quién mataron.

Eliud pasaba unos días en Tantoyucan, invitado por su amigo Emanuel, quien estudiaba en México y venía a dicha población durante vacaciones grandes a ayudarle a su papá en las diversas negociaciones que tenía: una tienda de abarrotes y telas, una fábrica de velas, una funeraria, una fábrica de ataúdes, un hotel y un panteón en construcción. Eliud había escuchado el diálogo entre Matías y Emanuel. Intrigado le preguntó:

–¿Por qué le mentiste, si los vimos desde antes que pasaran corriendo frente a la tienda?

–Sssh, mira, estos muchachos son de Cacalutla, un pueblo de dos mil habitantes que está a 20 kilómetros de aquí; dividido por la carretera, los de Tantoyucan tratamos de no tomar partido, sin la menor intención. Estoy preocupado por haberle dicho a Matías que el asesino le gritó a su primo abatido que no quería tirarle a la espalda.

“Desde hace muchísimo tiempo mantienen una rivalidad los de Cacalutla de un lado contra los del otro lado de la carretera. Nadie sabe realmente cómo empezó esta contienda. Unos dicen que una fiesta de boda a un lado de la carretera, en donde abundó la barbacoa, de manera que hasta alcanzó para el recalentado del día siguiente, coincidió con la desaparición de media docena de borregos propiedad de varias personas del otro lado, quienes en venganza les robaron igual número de caballos. De ahí se pasaron a las manos y luego a balazos. Otros dicen que son varios orígenes, derivados de que cuando van a pedir la mano de la novia, los padres ponen unas condiciones tras otras; muchas de las cuales son difíciles de cumplir y entonces los novios optan por robarse a las muchachas. Otros dicen que todo empezó cuando muchas familias de un lado comenzaron a profesar la religión protestante, y los del otro conservaron la católica, los hostilizaron llamándolos, primero ‘Aleluyos, enemigos de Dios’, luego soltándoles toda clase de improperios antepuestos a ‘Aleluyos’ o ‘Protestantes’.

“Estos chismes los hemos escuchado en el velatorio o en las casas donde prestamos los servicios de funerales y de velación. Mi hermano Camilo es el que dirige todo lo relativo. El pueblo de Cacalutla es nuestro principal cliente después de Tantoyucan Atoyac. Los de un lado no pueden meterse al otro so pena de ser ejecutados. Solo se matan en otras partes, cuando son muy fuertes los odios o sed de venganza: en Atoyac, en otras poblaciones o en la sierra. La primera vez que nos solicitaron la exhumación de un cadáver en el monte, Camilo se asqueó, el hedor era intolerante, vomitó al punto de arrojar hasta las tripas. Ya luego se acostumbró. Para estos casos hay que cubrirse de pies a cabeza, si no quieres contraer una infección o contagio severos.

“Es muy común que los familiares lleven a las mascotas de los difuntos, previamente sacrificadas y las quieran enterrar junto a ellos; lo cual no está permitido. Se dan casos que, al exhumarlos al cabo de cinco años, por no cubrir la perpetuidad o para inhumarlos en otra fosa, se encuentran restos de animales u objetos que pertenecieron al fallecido. Uno se pregunta ¿a qué horas lo hicieron, de qué malas artes se valieron para hacerlo?

“En una ocasión en que se enfrentaron dos cacalutlenses, después de que el Ministerio Público hizo su trabajo, llamaron a la Cruz Roja y a la funeraria para que recogieran los cuerpos abatidos; uno al hospital y el otro para que Camilo practicara la autopsia; sin embargo, por la premura con que actuaron ambas partes; la ambulancia se llevó al occiso y Camilo al que aún no moría. Camilo, al iniciar el corte a la altura del hombro izquierdo, vio que el supuesto fallecido reaccionó impulsivamente llevándose la mano a la cintura –como queriendo sacar su pistola-. Entonces Camilo tomó las de Villadiego, sin rumbo fijo y con los pelos erizados; en tanto el herido le lanzó un grito: ¡Eh, tú, qué me querías hacer, qué hago aquí! Ambos nunca olvidarían la anécdota.

Continuará…