De niños, pantallas y campañas

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Libertad García Cabriales.-

Es más fácil construir un niño fuerte que reparar un adulto roto:                                                              Frederick Douglass

 

Un estudio reciente señala que la infancia está perdiendo mucho de su esencia por el tiempo dedicado a las pantallas. Más todavía por la pandemia que aumentó las horas frente a teléfonos y computadoras, alejando a los pequeños de otras actividades, incluida la necesaria convivencia. El cambio en las infancias ha sido drástico y ya se ve en la merma de inocencia, alegría y ternura, esencia de la edad primera. Por si fuera poco, está repercutiendo ya en la salud y el desarrollo emocional e intelectual de nuestros pequeños, además en su capacidad de aprendizaje.

Y peor todavía. Los científicos especialistas en enfermedades infantiles y neurociencia, han concluido que el exceso de pantallas en niños y adolescentes está afectando el desarrollo cerebral y cognitivo y puede causar problemas físicos a largo plazo. Los estudios además mostraron que los niños que pasan más de cinco horas frente a las pantallas sufren un adelgazamiento prematuro de la corteza cerebral. Y luego están los peligros a partir de cierta edad, cuando los niños se exponen a recibir material con información muy dañina.

Pero nada de eso parece preocupar a muchos padres, que prefieren tener “entretenidos” a sus niños con las pantallas que jugar o pasear con ellos. Y los problemas de salud ya son evidentes: obesidad, pasividad, problemas de sueño y aprendizaje, agresividad, hiperactividad, entre otros. En ese contexto, los niños mexicanos tienen el segundo lugar en obesidad y cada día desarrollan conductas violentas y depresivas provocadas por los mensajes que trasmiten las pantallas, además han ido perdiendo su autoestima.

Otro aspecto analizado es la reducción de las horas de convivencia con los padres y demás familia, que los aleja de las indispensables demostraciones afectivas. “La única receta para poder soportar lo duro que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres”, dice Héctor Abad Faciolince. Coincido y repito constantemente esa premisa porque lo creo y lo viví. La infancia feliz es el mejor baluarte contra la adversidad. Pero no sólo el luminoso escritor colombiano lo afirma, también los psicólogos enfatizan la importancia del amor en la infancia: “los niños amados se convierten en adultos que saben amar”.

Criar a los hijos es sin duda la tarea más importante de la vida, pero también la más difícil porque nadie nos enseña cómo. Y a veces se cree que dar amor es dar cosas y eso es una gran equivocación. Las cosas no proporcionan a nadie la felicidad, ni tampoco pretender ser los mejores. Y esa es otra cosa que ahora se ve mucho. En el afán de tener los mejores hijos, les quitamos lo mejor de la infancia: la alegría, el juego, el tiempo del gozo, la inocencia. Con el afán de tener hijos exitosos, los empujamos a ser infelices: “Los niños no necesitan ser los mejores, sólo necesitan ser felices”. Pero aun sabiendo que los problemas emocionales son los peores, muchos padres están olvidando darle a sus hijos fortalezas; en lugar de eso les dan pantallas. Ufff.

Infancia es destino. La infancia nos determina, define nuestra personalidad adulta. Somos el niño que fuimos. Nuestra actitud es en gran parte producto de nuestros logros, deseos y frustraciones infantiles. En ese sentido, pienso en las campañas y sus candidatos y me da por imaginarlos cuando eran niños y con este ejercicio trato de recuperar su lado inocente, puro, transparente.

¿Cómo serían de niños las mujeres y los hombres que aspiran a gobernar, legislar para nosotros? ¿Serían amados por sus padres? ¿Tuvieron infancia feliz? ¿Sufrirían algún tipo de carencias? ¿Recibirían caricias? ¿Alguno de ellos sufriría como tantos niños, maltratos físicos o emocionales? ¿Serían peleoneros, amigables o solidarios? ¿Habrán soñado en servir a su patria?

No lo sé, pero ojalá no hayan perdido el niño que llevan dentro para hablar siempre con la verdad, para sentir empatía con los muchos niños necesitados de políticas públicas que los rescaten de la violencia y el abandono. Ojalá entiendan que nuestros niños requieren algo más que discursos y fotos conmovedoras y asuman el compromiso de contribuir para acabar con el cáncer de la inseguridad que vulnera la población infantil y le cancela su futuro al hacerla víctima de abusos, pérdidas y vicios.

Este Día del Niño, bueno sería reflexionar en el México y Tamaulipas que muy pronto nuestros niños y niñas dirigirán. Y también pensar qué niños le estamos dejando a nuestra tierra. Pensar en las heridas que la pandemia está dejándoles y la importancia de darles tiempo y amor. Ahora más que nunca, cuando la tecnología parece arrebatarles lo mejor de la vida, es necesario voltear la mirada hacia nuestros niños. Todos tenemos un niño cerca, todos llevamos un niño dentro. Por ellos, por el mañana que nos piden, no podemos vencernos.

¡Felicidades a todos los niños y niñas!