La muerte vendrá de enfrente (II)

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Eduardo Narváez López

“Cuentan que a veces, los sedientos de venganza, incursionan al lado de enfrente, a la sombra de la noche, para sorprender al enemigo en su casa. Así obró uno; cogió desprevenido a su rival, quien cargaba a su hijita de tres años: ‘¿Te acuerdas maldito que tú mataste a mi hijo?’. ‘Sí, me acuerdo bien, yo lo maté porque él mato a mi hijo, eran de la misma edad; diecisiete’. ‘Pues ahora te toca a ti’. ‘Espera, déjame llevar a mi hijita a su cama, no quiero que vea cómo matan a su padre: como a un perro. Mátame afuerita, te lo pido por Dios’.

“La cuarta parte del pueblo es extremadamente pobre, apenas tiene donde caerse muerto: un petate. Pues bien, en ese lo envuelven como taco, amarran los extremos con un mecate, y ahí lo van arrastrando hasta el panteón civil. Lo dejan a la orilla de la fosa común, para que los miércoles o sábados lleguen los enterradores a sepultar a los pobres o no identificados. Varias veces han tratado de sensibilizar a mi padre que lo conocen por su bondad y generosidad, para que le permitan enterrar a sus muertos en su panteón aún sin funcionar. De haberlo permitido papá, muchos querrían también, y si no lo autorizaba, seguro lo matarían por despreciarlo: ‘¿Cómo a aquel sí y a mí no? ¿Porque soy más pobre o más indio?

“Papa sugirió a Camilo que fuera a aprender a Chihuahua cómo preparar a los muertos para que no se echen a perder. No obstante que aplica buenas técnicas con instrumentos avanzados, lucha contra el calor y el tiempo. Tiene que proceder con rapidez. No debe descuidarse, porque las ratas están al acecho; a pesar de que cada semana manda fumigar. Igual los perros hambrientos que merodean por ahí. El otro día salió detrás de un perro famélico que llevaba un páncreas en el hocico. Que si se pasea por la calle principal de Tantoyucan, ¡Vaya famita que nos hubiéramos ganado!”.

Por fin Eliud interrumpe el monólogo de Samuel:

–¿Y cómo empezaron con los funerales y demás negocios?

–Pues en la tienda de abarrotes tenemos de todo, sin faltar las velas de todos tamaños y grosores. Aquí medio pueblo carece de luz, ellos llevan las delgadas. Los cirios para los funerales y cuando son pobres nos los pedían alquilados y que mi papá les pusiera un altarcito; compraban un petate para tender al muerto y ya para llevarlo al panteón lo envolvían y se lo llevaban allá. La gente se enojaba cuando no teníamos velas, veladoras y cirios. Entonces de ahí vino la idea de la fábrica de velas. Los que tenían un poco más de dinero le decían a papá: “Habría de mandar hacer las cajas, aunque sean de pino corriente señor”. Y ahí tienes que puso el taller de carpintería para hacer ataúdes. Y luego la gente: “Habría de poner una funeraria, luego tenemos que ir hasta Acapulco”. Y ahí tienes que papá compró un par de guayines y las hizo carrozas. Y así mano, todo lo va pidiendo la gente y nosotros complaciéndola. ¡Ah!, y para los deudos del difunto, pusimos el hotel. Ya ves que en el pueblo hay pocos portales, cuyas banquetas utilizan las personas que vienen de afuera.

Mucho tiempo después Samuel se enteró que Matías osó introducirse al lado de enfrente. Las puertas de la casa de Lorenzo estaban semiabiertas. De un puntapié abrió Matías. Observó que Lorenzo, recién casado, estaba sobre su esposa: “Prepárate a morir desgraciado, ¿te acuerdas que tú mataste a mi primo hermano, cuando el andaba desarmado? “Sí, me acuerdo, pero de eso yo no tengo la culpa. Ahora yo soy el desarmado. Mátame, pero despuesito que acabe. Deja que haga un hijo para que me vengue de ti.”

En México, Emanuel comentó a Eliud el episodio anterior, por lo que Eliud se quedó asombrado, no daba crédito a lo que escuchaba de labios de Emanuel, por fin salió de su azoramiento:

–¿Pero, cómo es posible que el tal Lorenzo esté chanceando segundos antes de morir? Y el tal Matías que no le tuvo ninguna consideración del desarmado y desnudo que fue sorprendido cuando disfrutaba de su momento íntimo con su esposa.

Yo, por eso, antes de que se extienda la violencia de Cacalutla a Tantoyucan y podamos engancharnos con alguien, terminando la carrera convenzo a papá para que se venga a México y veamos que recomience en algún pueblo pacífico, aunque tengamos que buscarlo con una lámpara, como Diógenes a un ser honrado.