Protejamos nuestras raíces como sociedad

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Héctor F. Saldívar Garza

Por cultura puede entenderse el conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones o costumbres de un pueblo, sociedad, clase social, empresa  u organización, que los identifica ante los demás. Estas manifestaciones son producto de la vida que cada ente ha llevado y los ha forjado, constituyendo en ellos una historia propia que se transmite de antigua a nueva generación.

El ejercer variaciones en la cultura de los pueblos suele ser una acción sumamente complicada, sin embargo, muchas ocasiones es realizada por otros de mayor potencial, argumentando diferentes razones que generalmente se contraponen con los intereses de aquellos a quienes se les aplica.

Revisando al continente americano comprobamos que varios países la padecieron. En el caso de México, la historia afirma que con la llegada de los españoles y la conquista de nuestro país en inicios del siglo XVI, el interés económico y religioso provocó una cuasi destrucción de la cultura que se había constituido, tanto de los aztecas como posteriormente de los mayas en el sureste de México, Guatemala, El Salvador, Honduras y un tanto de los Incas en Perú, principalmente.

La agresión mayor en cantidad de personas, territorio y con más grado de afectación en sus diferentes ámbitos, fue en la zona donde hoy se ubica nuestro país, esto puede detectarse fácilmente con el avance que han desarrollado las naciones citadas, las áreas específicas lesionadas, la cantidad de indígenas que aún habitan en su espacio geográfico y lo que preservan de su cultura ancestral, de acuerdo con los estudios de su pasado.

En razón a apreciación propia y los datos recuperados en documentos que hacen alusión a aquellos tiempos aciagos, realizar un cambio de cultura considero que se problematiza más cuando los países la forjan con tintes nacionalistas, como sucedió en México. Esto se presenta por varios motivos que a continuación explicaremos.

Constituido ya nuestro país como nación independiente y después de superar intentonas por someternos nuevamente, revisamos que despuntando el siglo XX, el movimiento armado de la Revolución Mexicana fue liderado por personas que eran de clase alta o media alta, y apoyado por campesinos principalmente, quienes ansiosos de respaldo siempre iban al frente de los conflictos. Los dirigentes sociales estaban molestos con el presidente Porfirio Díaz, por reelegirse durante largo tiempo; y en el fondo, de acuerdo con algunos historiadores, también por haber realizado un cambio de paradigma o proyecto político donde el apoyo a los latifundistas fue relegado, por darle realce a la industrialización que se estaba imponiendo con gran energía en Europa.

El malestar en torno al origen real de la oposición y la clase social de donde procedían, se nota en la participación del propio Francisco I. Madero y enseguida con Venustiano Carranza, quienes provenían de familias ricas y del campo, y fueron actores principales. Madero, como iniciador del proceso armado, y Carranza, porque llegó a ser el líder máximo del ejército constitucionalista y Presidente de la República.

Como puede apreciarse, las razones por las que participó la ciudadanía fueron diversas, unos por afán de poder y otros buscando reivindicaciones sociales por la pobreza existente. Los primeros fueron los líderes vanguardistas que se apreciaron relegados y el resto los campesinos y contingentes de obreros que con fuerza se integraron apoyando a otros líderes incorporados posteriormente al inicio revolucionario como Francisco Villa y Emiliano Zapata, quienes les ofrecieron abanderar sus propuestas.

Los jefes revolucionarios con mayor poder político, porque ya estaban algunos adheridos al gobierno, finalmente mantuvieron el mando deshaciéndose de la oposición férrea existente por parte de sus iguales y negociando con otros representantes populares su integración a los acuerdos logrados. En cuanto a los anhelos pretendidos por el pueblo, fueron sesgándose hasta relegarse; contemplándose al poco tiempo solo como asuntos intrascendentes.

Sin embargo, fue una realidad que desde el poder político se mantuvo en la ciudadanía la idea de que el movimiento armado popular había triunfado y los frutos se irían recogiendo paulatinamente.

Para mantener ese fervor en el pueblo, se le fue ideologizando durante varias décadas, que la Revolución estaba en desarrollo y un futuro brillante tendríamos; lo cual fue irreal, pero durante un tiempo mantuvo a la sociedad con la creencia de que íbamos en el camino correcto. En ese lapso se despertó entre los compatriotas un amor por México, que aún perdura en algunas personas, principalmente de más de 65 años, y ha sido difícil para los mismos medios, penetrar esas conciencias para convertirnos en seguidores de culturas ajenas. Todo esto, no obstante haber sido falso, una parte considerable de lo sostenido por las autoridades que nos guiaron durante gran parte de ese tiempo.

A partir de los años ochenta, instaurado ya el modelo neoliberal, que se manifestó de la mano de la globalización, otro presente diferente se nos mostró, sobre todo con los jóvenes de las nuevas generaciones. Estos fueron formados mediante una educación dirigida a la automutilación nacional, con el objetivo de destruir el nacionalismo existente, argumentando que ya eran otros tiempos, y esto exigía integrarnos al mundo sin cortapisas.

El accionar gubernamental fue respaldado a nivel internacional por organismos creados décadas atrás por los Estados Unidos de América, como la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros, cuyo propósito es que el capitalismo continúe, y el país líder permanezca a la vanguardia en la mayor parte del mundo.

Por tal razón, en ese hueco que se fue creando, paulatinamente se ha estado incorporando la cultura norteamericana y esto se intenta continuar así, con el muy claro beneplácito de los sectores poseedores del gran capital nacional e internacional; y nosotros los que hemos forjado una ideología progresista, esperamos que el futuro próximo sea gobernado con el propósito genuino de regresar un tanto a los principios éticos y morales de nuestros ancestros, para mantener una cultura propia que coloque diques a los vientos dañinos que soplan con fuerza del norte.