En llamas

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Libertad García Cabriales.-                       

Tu propiedad también está en juego cuando la casa del vecino está en llamas: Horacio

 

El ser humano es el único animal capaz de hacer fuego, dijo Rivarol. Es cierto. Y desde que se descubrió hace miles de años, ha sido presencia constante en la humanidad. Considerado el mayor descubrimiento de la prehistoria, los estudiosos señalan que nuestros antepasados fueron testigos de un incendio surgido naturalmente y de ahí se derivó el interés, aprovechamiento y dominio de uno de los elementos fundamentales para la evolución humana. Desde ese momento el fuego ha sido parte fundamental en grandes avances, pero también en grandes tragedias; asimismo ha sido el luminoso elemento junto al cual se han contado los pueblos sus historias.

No podemos imaginar nuestra vida sin el calor del fuego. Pero pocas cosas tememos más que al fuego sin control. Es tan fuerte el poder de la palabra fuego que es metáfora de vida, amor, poder e inteligencia. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores, dice Galeano: “Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento y hay gente de fuego loco que llena el aire de chispas”. Fuegos fatuos que arden y se apagan, fuegos capaces de encender vida y fuegos dañinos, destructores, devastadores.

La historia está llena de ejemplos donde el fuego se convierte en incendio,  destruyendo ciudades y regiones enteras. El gran incendio de Roma en el año 64 arrasó con parte de la ciudad en seis días para después desatarse otro incendio, haciendo sospechoso al perverso y sanguinario Nerón, mientras se dice él tocaba la lira culpando a los cristianos para quitarse de encima la responsabilidad. Otro incendio emblemático fue el ocurrido en Alejandría, la ciudad surgida de un sueño literario del invencible Alejandro Magno, fundada en el 331 a.C. y más tarde arrasada por el fuego, consumiendo según se dice, la legendaria Biblioteca de Alejandría, una de los grandes tesoros culturales de la humanidad.

Incendio memorable también el de Londres en septiembre de 1666. Originado en el horno de un panadero, el fuego se extendió sin control entre las casas construidas de madera y paja llevándose con su fuego también enormes edificaciones como la antigua catedral medieval de San Pablo. Pero lo peor de todo fueron las pérdidas humanas y la desmoralización de miles de ingleses en tiempo de guerra y crisis. Muchas ciudades han sido devastadas por el fuego a lo largo del tiempo: Boston, Chicago; San Francisco, Tokio, Lisboa, entre otras. Además de las muchas ciudades incendiadas por las repetidas guerras. No podemos olvidar que de fuego son las armas letales.

Además están los temibles incendios forestales que igualmente han causado innumerables pérdidas humanas y materiales. El gran incendio forestal de Australia hace unos años, el de California en 2007, donde medio millón de hectáreas quedaron devastadas, un millón de personas desplazadas y tres mil viviendas destruidas. El incendio forestal de China, el de Santander en España y así numerosos incendios que acabaron con bosques enteros reafirmando el poder devastador del fuego.

Hace unos días en nuestra heroica Tamaulipas, un devorador incendio tocó una amplia superficie en los municipios de Miquihuana y Bustamante. Según informes oficiales, han sido muchos días de fuego y más de cuatro mil hectáreas de vegetación afectadas. Una suave lluvia, literalmente caída del cielo, ayudó a los valerosos brigadistas para controlar el incendio, aunque no cantan victoria porque las altas temperaturas siguen y puede salirse de control nuevamente. Un fuego cercano que debe movernos a la conciencia acerca de la conservación de nuestro entorno y del riesgo representado por toda clase de incendios, del cual nadie está exento.

Mientras escribo, un dolor profundo atraviesa mi alma al ver las piras encendidas en la India a causa de las pérdidas humanas ocasionadas por la desgarradora crisis de la pandemia. Sin capacidad para atenderla, ni control para contenerla, el fuego aumenta en dolorosas ceremonias rituales para despedir a tantos seres humanos. El crudelísimo golpe del coronavirus en el país asiático, ahora matando miles de jóvenes afectados por la nueva variante “mutante doble” del virus, según mencionan. El horror de un fuego literalmente mostrándonos la brutal desigualdad social en nuestro mundo.

En llamas. Así está nuestro entorno literal y metafóricamente. Y no sólo a causa de la pandemia, sino también en lo social, lo político, económico y hasta en las familias se han incrementado las violencias y las crisis. Traemos la lumbre en los parejos, diría mi abuela y muchas veces vivimos tan ensimismados que ni cuenta nos damos. En momentos como estos, ver al interior de nosotros mismos siempre ayuda. Pensar con mente y corazón cómo podemos contribuir a controlar los fuegos destructores que en muchos sentidos afectan a nuestro entorno y al mañana de nuestros niños. Es la hora de la conciencia. Nos va el futuro en ello.